martes, 2 de julio de 2019

RABADÁ-NAVARRO AL PILAR DE COTATUERO




"Es en junio de 1960, cuando en compañía de Rafael Montaner me lanzo al asalto de esta caótica pared de impresionante aspecto que domina provocativa el barranco de Cotatuero en el Valle de Ordesa.






Los primeros rayos de sol dan una hermosa nota de color al reflejarse en una de las cascadas del circo, que desde unos cientos de metros salta al vacío hasta encontrar de nuevo terreno firme a nuestra altura. 
Mientras mi compañero fotografía tanta maravilla yo organizo el material que habremos de emplear. 





El primer contacto con la pared es agradable ya que ofrece una buena roca, excelentes presas y mejor clavazón. 
Inicio por el fondo de una fisura que arranca frente a un árbol muerto, principal protagonista de las fotografías, hasta alcanzar un punto estable donde hacemos reunión.




Con la mejor voluntad empieza a subir Rafael con la mochila a la espalda, pero desiste de ello y a partir de entonces será izada por la “triple” que nos ha de resultar más sano.








Continúa mi compañero la tirada siguiente desplazándose a la izquierda después de intentar por encima de donde estoy. 
Por allí se resuelve con más facilidad… en el principio, ya que después se encuentra con una chimenea corta cerrada por un extraplomo de piedras totalmente sueltas. 
Lo salva saliéndose a la izquierda con muchas precauciones para no echarse el extraplomo encima hasta que consigue situarse sobre él. 
Continuando a la izquierda por lo que supongo que debe de ser una glera, pues tal es la cantidad de piedras que va tirando para abrirse camino.




Por fin me comunica a voces que ya está en terreno firme y recupera la mochila, tras la que voy yo continuando las precauciones de mi compañero, por el que acabamos titulando “paso del humo”.




Sigo yo en vertical unos 8 metros hasta una cornisa a la derecha difícil de alcanzar, continuando por un diedro malo de clavar que desemboca en una faja o plataforma ancha que recorre toda la extensión de la pared… 
En el recorrido de la faja observo que falta un trozo de unos dos metros al mismo tiempo que sobre el hueco se forma una saliente panza que promete la cosa más fácil todavía. 
Un buen clavo a mi lado y colgándome de él consigo, al tercer intento, tocar la otra parte de la cornisa. Por entre la piernas veo a mi compañero que se está riendo por lo bajo observando mis titubeos.



Pero como la risa va por barrios, un rato después soy yo el que me río por lo bajo y él el que echa tacos por lo alto cuando en esa misma postura lo tengo posando unos “instantes” para impresionar una tentadora fotografía en el que denominamos “paso del miedo”.




A unos 10 metros del “pasico”, reunidos ya, deliberamos el camino a seguir, optando por el diedro que se ve sobre nuestras cabezas en el cual, mi compañero, superados los cinco primeros metros, se pasa a otro que sube paralelo a su derecha y de allí al canto, por el que en un delicado libre que me recuerda a algunos pasos de nuestros maestros Mallos de Riglos, alcanza otra cornisa. 
Como aún le queda bastante cuerda, decide continuar hasta situarse sobre una amplia plataforma al pie de una gran laja con “visera” hacia lo alto y partida en toda su longitud por una limpia grieta que invita a clavar sólo por el placer de hacerlo.






Reunidos de nuevo y como el día toca a su fin, decidimos aprovechar las últimas claridades para despejar la incógnita de la continuación al día siguiente. 
La cosa queda así aclarada, al comprobar que al otro lado de la laja pasando por debajo y continuando por un feo diedro se puede alcanzar otro rellano con posibilidades de continuidad.




Dejamos esta tirada a medio clavar y nos dedicamos a “hacer por la vida”, ya que desde la mañana no hemos probado más que los clásicos terrones y alguna pasa.





Hoy le ganamos a madrugar al sol ya que cuando empieza a acariciarnos con sus tibios rayos nos encontramos en la tirada siguiente a la que habíamos dejado preparada. Entre el martillear de las clavijas se oye el placentero “runrunear” de Rafael que al sentirse tan cariñosamente acariciado está a punto de dormirse de nuevo.

Pronto vuelve a la realidad al dar de narices con un extraplomo, donde tiene que echar mano de todos esos artilugios a base de anillitos de cuerda que tan buenos resultados le dan en los pasos más raros.

Un nido de buitres nos sirve de reunión y para punto de partida para la próxima cornisa, la que se sale varios metros de la vertical de la pared. La alcanzo tras una delicada travesía horizontal hacia fuera, a fuerza de apurar las posibilidades de la pared sumamente lisa. Desde esta nueva cornisa suspendida sobre el vacío contemplamos los tres techos en toda su “acogedora” magnitud. El primero sobre nuestra altura es liso y con las grietas cegadas, el segundo me parece más factible de atacar; de unos quince metros de fondo, consuela una grieta que parece resolverá por lo menos la salida. En cuanto al tercero, en fin, no lo miramos mucho. Por encima, un caos de rocas invertidas que semejan la dislocante filigrana de un alero Daliniano pone digno remate al mismo.

Un vertiginoso diedro de redondeadas paredes conduce a mi compañero bajo un sol aplanador hasta la base del techo donde me recupera. Conforme voy subiendo estudio los puntos más vulnerables donde atacar el techo, y al reunirnos se entabla una polémica ya que, según Rafael, se ve más factible por el techo que hemos dejado abajo, el cual veo yo de peor solución que el que queda encima. Como no es cuestión de ir a comprobarlo sin intentar antes por éste, accede a asegurarme, un poco a regañadientes, mientras intento por una fisura semiciega a nuestra izquierda.

Consigo superar unos metros en la fisura a costa de fiarme de un par de malos clavos y apurando los estribos justo hasta que se sale el tercero y regreso junto a mi compañero por la vía rápida. Esta caída parece reafirmar a Rafael en su criterio, pero antes pruebo por el extraplomo en nuestra vertical, en el que con cuatro buenos clavos logro tocar el techo, pero aún aquí parece que las cosas no han cambiado mucho, ya que lo pulido de la pared hace presumir que habrá que taladrar para proseguir por ella. Por otra parte, la perspectiva de un abandono con semejante techo por detrás, sin haber dejado una cuerda fija que garantice el retorno, no anima precisamente, por lo que vuelvo a la reunión.

En un rappel descendemos hasta la cornisa suspendida donde a la vista del primer techo coincidimos en cuál será el camino al próximo intento. Decididamente habrá que ir por el de arriba.

Como para descender desde este punto necesitaríamos cuerdas de más de cien metros que garantizasen el poder tocar la pared en algún punto, optamos por realizar a la inversa el paso horizontal que nos había sacado por la mañana bastantes metros de la pared, con el fin de tender el rappel desde el nido de buitres. Ante el temor de continuar el descenso de noche, vivaqueamos bastante confortablemente en el nido y por la mañana en un rappel casi todo volado de sesenta metros y otro de treinta escasos, llegamos al suelo. Poco después nos hallamos “repostando” en el “Grifo del Gallinero”, copiosa fuente que mana en un grueso chorro toda el agua de un barranco de caudal respetable.





Agosto, 1961.- Es de noche cuando sudorosos y jadeantes subimos por el camino serpenteante que entre pinos y hayas nos dejará de nuevo al pie del Espolón.

Un alto en el camino junto al torrente nos permite contemplar la inmensa mole que con sus, no menos de trescientos metros fuera de la vertical, se yergue retadora ante nosotros. Al pie de ella, dormimos.

Me parece todavía no haber cogido el sueño cuando Navarro, que es mi compañero circunstancial, me “sugiere” que ya es hora de despertarse. Así lo hago, mientras subo los primeros metros de la pared casi una hora después tras haber desayunado copiosamente junto al “grifo”.

Como pisamos terreno conocido, los largos de cuerda se suceden a buen ritmo, alcanzando la cornisa suspendida con tiempo suficiente para dejar preparado parte del último diedro, en cuya labor se nos ha echado la noche encima.

Por la mañana termina Navarro la tirada que quedó a medio preparar, asegurándose en los clavos que pusimos para rappel el año pasado, y me reúno con él preparado para dar la batalla definitiva a esta pared. Aprovechando los clavos que en buena hora quedaron puestos, subo los tres metros que me separan del techo, en el cual logro colocar otro pitón del que, colgado, alcanzo una semiciega fisura que me vale para avanzar un par de metros precariamente.






Una pitonisa "made in circunstancias" en un trozo liso -que se desprenderá sola más tarde sin consecuencias pero con el consiguiente susto-, y continúo la artificial pitonando por el resalte que me he encontrado bajo una laja descompuesta que desprendo. 
Unos metros más allá alcanzo un nicho formado en el fondo de dos lajas suspendidas al final del techo, donde mientras dispara Navarro unas fotografías, contemplo el embriagador vacío que se abre a mis pies.
 Unos metros bajo ellos la pared se corta, volviendo a aparecer a mi vista un centenar más abajo y varios más adentro de la vertical en que me hallo.








Después de haber dejado bien atado el pasamanos, que en previsión de una posible retirada colocamos, pasa Navarro, tras lo que en la incómoda posición en que me encuentro me parecen siglos.



Continúa él en oposición entre las dos lajas en las que se forma la cueva, consiguiendo llegar a una fisura que es el único sitio con posibilidades para continuar; la sube a base de escarpas y otros hierros grandes hasta asomarse sobre una arista que nos oculta la parte superior de la pared.




A grandes voces me comunica que lo que nosotros creíamos un caos de extraplomos es en realidad una serie de cornisas, en la primera de las cuales se asegura para hacer reunión.




Por mi parte me apresuro a abandonar el infecto nicho, que parece ideado para un martirio chino, y una vez que he llegado a donde está mi compañero, hago un largo de cuerda a tope en el que alcanzo, casi de noche, otra cornisa donde preparamos el segundo vivac.




Algo inquietos por la poca agua que queda en proporción a la pared por subir aún, nos sumimos en un reparador sueño que nos devolverá algunas de las energías que nos van a hacer falta.




Con los albores del día estamos ya en movimiento y, en la confianza de encontrar agua más arriba, terminamos con un bote de melocotón, que es el único resto de cosa líquida que nos quedaba, haciendo desaparecer parte del áspero reseco de la boca. 





Un rato después, de nuevo en acción, nos desplazamos diagonalmente a la derecha, entre un dédalo de cornisas que cruzan la parte alta de los tres techos, en las que verdaderamente se echa un poco en falta algo de base al estar sobre tanto vacío, y alcanzamos la zona de fajas herbosas en las que vista la abundancia de ellos titulamos “Jardín de los Claveles”.




Se ve que la sed nos vuelve románticos.




Afortunadamente, antes de meternos otra vez en la roca nos encontramos con un manantial en una canal, el que casi agotamos, y con el repuesto de agua y el que la ha acompañado, iniciamos la parte alta del espolón surcada por una chimenea en que se centran nuestras esperanzas de terminar la escalada con cierta rapidez.




En los primeros metros tenemos que desistir de ir por la chimenea y escalo un diedro en el que se puede clavar bien, y hacia la mitad, recupero a mi compañero que se encarga de subir el resto del diedro, ligeramente extraplomado por arriba.




Después subo a mi vez una especie de canal con zarzas y mucha tierra en el fondo que continúa en una fisura estrecha que tengo que superar a base de hacerme polvo las rodillas, otro tramo de canal con tierra me permite parar para efectuar un relevo.





Unos metros más arriba, Navarro sube una bonita chimenea, que ni hecha a medida de cada talla, por la que se progresa con rapidez; y tras nueva reunión, ya de noche, seguimos apresuradamente hacia la cima, salvando dos largos de cuerda por una chimenea engañosa que aparenta unos techos en la oscuridad, que resultan –afortunadamente- buenos de pasar.






En otro largo de cuerda más a cargo de mi compañero oigo algo de arriba y, apresurándome aún más, me encuentro trepando por una ladera herbosa cubierta lo mismo puede ser de edelweis (sic), que de margaritas sobre los que reposaremos esa noche, que bien merecido lo tenemos.”

Alberto Rabadá, Agosto, 1961













lunes, 10 de junio de 2019

RABADÁ NAVARRO AL MALLO FIRÉ


“Por tercera vez vamos a enfrentarnos con la grandiosa pared sur-este del Firé, el que contemplamos en aquel amanecer del día del Pilar flotando sobre el mar de nubes, lo que contribuye a darle un aspecto más impresionante si cabe. 
Con Navarro de compañero de cordada avanzamos hacia el coloso que se yergue con una vertiginosa verticalidad dominando esbelto las laderas circundantes. 
Hemos preparado nuestro equipo a base de bien y en la “intendencia” incluimos un pollo con el que celebraremos el día, observando que, como el vino, también gana con la altura. 
Sumamos a la pesada impedimenta, aparte de la cámara fotográfica, un tomavistas con buen surtido de película, con la que pensamos “filmar” los pasos más interesantes. 








Tras un rápido inventario (a ver si todo está en orden), comenzamos con la escalada que coincide con la vía de la cara oeste por el extraplomo inicial –bastante serio- y la larga travesía horizontal por la que, rebasado el espolón, se hace difícil entenderse. 



Afortunadamente, algunos compañeros madrugadores están al pie del mallo y, haciendo de eco, conseguimos solucionarnos.



Más tarde, el grupo aumenta y desde una cornisa puedo contemplar a la expectación: Ferrer con sus agregados, que ha venido desde los chalets de la estación; Vidal, nuestro asesor-jefe en lo del tomavistas, y la para mí siempre amenazadora figura de Ramón “el Galletas”, quien cachaba en ristre parece querer decirnos que como no tengamos cuidado con la pared, lo vamos a tener que tener con él. 



Abandonamos la vía “Villar”, que con el en estos momentos “averiado” Villarig repetí hace dos años, comprobando que a pesar de estar poco frecuentada, es una de las más interesantes de Riglos por su variedad. 



Desde el tramo donde nos encontramos superamos un tramo muy liso de pared compacta, donde Navarro en el primer intento tuvo una caída, por lo que pasado el susto sólo nos preocupamos de si Vidal, que seguía la escalada, habría podido “filmarla” con su “tomavistas”. 



Procuro desterrar de mi pensamiento la caída de Navarro y prosigo el delicado paso a libre hasta que una fisura ya conocida de las otras veces me brinda la ocasión de colocar una segura escarpia. Continúo la fisura y poco más arriba –al desaparecer- tengo que bordear la panza (que muere en un paso que requiere toda la atención), hasta que alcanzo una cornisa formada por una laja semisuelta que da la impresión de ir a soltarse del todo al poner los clavos de seguro para la reunión.



Una vez que ha llegado Navarro, el que ha tenido que subirse la panza directamente, inicia el siguiente largo sobre mis hombros, pisoteándome a placer. 
En este largo evitamos, yéndonos a la izquierda en un aéreo flanqueo, la fea fisura diagonal que bautizamos “la cicatriz", aparente vía de ataque vista desde la base, pero que a su altura se ve impracticable. 
Navarro desparece de mi vista, avisándome de que sigue a libre; por mi parte, pongo toda mi atención en la maniobra, pues por experiencia de los anteriores intentos, sé que las cuerdas no corren bien, dificultando la progresión de mi compañero. 
Por fin alcanza una repisa y recupera la “despensa”, atendiéndome a mí a continuación, que paso recuperando el material. 
Es bastante tarde cuando alcanzo la repisa en la que decidimos instalar el primer vivac, satisfechos de poder aligerar en parte el pesado petate. 
Luego, sacándole el mejor partido posible a la estrecha cornisa, arrebujados en las chaquetas de pluma, nos disponemos a pasar la noche. 



Sobre las seis de la mañana, tras haber dormido toda la noche de un tirón, prosigo desplazándome a la derecha por la misma cornisa del vivac hasta una panza que supero con la ayuda de un pitón; sobre ella supero en diagonal un muro bastante liso que se extraploma al final. Logro superar dicho extraplomo con cuatro malos clavos y preparo la reunión. 
La siguiente tirada a cargo de mi compañero continúa –como no- a base de pisarme los hombros; luego, en un alarde de equilibrio, supera una panza siguiendo por un diedro descompuesto del que logra salirse en un difícil flanqueo. Al final de éste, llega a la repisa donde dimos la vuelta en el segundo intento. 



Colgado del clavo del rappel (¡vaya clavo!) estudio la continuación del itinerario, desconocido desde aquí. Por encima de la panza, en cuyo borde estoy suspendido, otra más saliente cierra el paso, siguiendo un trozo de pared por la que calculo que se podrá progresar más rápidamente; una tercera panza cortada por una fisura y la perspectiva achata el resto de la pared visible.

Supero los dos primeros extraplomos difícilmente. La pared no me ha engañado y supero el trozo liso con más facilidad. Finalmente, tengo que subir la fisura del final utilizando medios nada académicos y, tras hacer bastante fuerza consigo encaramarme a una repisa al pie de un muro de aspecto más fácil por el que sube Navarro en un rápido largo de cuerda.





Nos reunimos en un rellano al pie de una panza -¡Panzas y más panzas!- surcada por tres chimeneas a cual más fea. Tenemos que deliberar cuál ha de ser la que sigamos y cómo alcanzarla, cuando nos decidimos por la central. 
Después de varios infructuosos intentos por llegar a ella de frente, lo logro dando un rodeo por la derecha sin que la cosa sea mucho más fácil, a base de paciencia y de fiarme de unos pitones más bien malos. 
La chimenea, salvo una sabina a mitad que se nos engancha el petate, no ofrece otro problema que un “techillo” al final, el que da salida a una pared de excelente roca, lo que hace prorrumpir en exclamaciones de gozo a Navarro a medida que la va subiendo. 
Mi aviso de que no le queda cuerda lo sorprende en un estrecho resalte, donde visto que el día toca a su fin, se decide preparar el segundo vivac. 




Resulta agradable relajar los músculos y ceder en la constante tensión nerviosa que la escalada requiere. Veo sonreír a Navarro satisfecho mientras va trasegando cosas del petate al estómago; luego, saciados, contemplamos la aparente miniatura del paisaje a vista de pájaro, mientras esperamos el reparador sueño que por la confusión de recuerdos no debió de tardar en venir.



 Al aclarar el día nos decidimos a emprenderla de nuevo. A la rosada luz del día, vemos lo que tenemos encima… no es muy prometedor… lo único prometedor es la dureza del día que nos espera. En este segundo tercio, la pared presenta una de sus mayores defensas con una serie de extraplomos continuados durante cuarenta o cincuenta metros. Sobre ellos, unas cornisas amplias son nuestra meta momentánea.



Tras filmar a Navarro a la salida de tan aérea “cama” con el consiguiente desentumecimiento de músculos, comienzo la tarea. El primer largo en diagonal a la izquierda, permite sortear los primeros desplomes, siendo en la siguiente –a la derecha- cuando nos encontramos en medio de ellos.




Deliberamos de nuevo ir un poco más alla “a ver qué hay”, pero ante la perspectiva de un retroceso no queda otra solución que seguir derecho. 
De esta forma, momentos después me encuentro haciendo artesanía pura a base de pitonisas, “pitoncitos” y toda quincalla menuda que tengo, pasando un rato apurado hasta que penduleando me sitúo en una repisa donde descanso de la fatigosa tirada. 




Otro largo queda para salir de esta segunda zona de panzas. Veo a mi compañero empezarla con un brío que queda frenado ante la imposibilidad de pitonar ni medianamente bien. Son momentos de gran tensión: sobre uno de los clavos que ha conseguido colocar suspende un estribo… y es al querer apurar el último peldaño cuando se produce la caída. Todo ocurre en breves instantes. Al desprenderse el primer clavo, el segundo lo hace también y es uno de la reunión el que aguanta el “vuelo”, de él queda suspendido unos metros por debajo de mí sin mayores consecuencias que un dedo magullado, un reloj hecho puré amén del consiguiente sobresalto.



Mientras ataca otra vez, ésta con los bríos un poco mermados, le pido que repita el “retroceso” al objeto de “filmarlo”… en principio dice que sí… que no sé qué de mi tía. 
Al segundo intento hay más suerte; el clavo aguanta lo suficiente para alcanzar la parte superior del extraplomo por el que se desplaza a través de una pequeña muesca al pie de un tramo de pared sumamente vertical de unos quince metros.



Intento dar con otra cornisa en las dos horas de luz que quedan, pero al no conseguirlo, nos resignamos a pasar la noche allí organizándonos un balconcillo con las cuerdas, que supla la falta de terreno horizontal. 
Por otra parte el tiempo parece que no quiere colaborar y una fría llovizna nos hace presumir que el día de mañana no va a ser mejor que hoy. 
Resguardados con los plásticos contemplamos al amanecer todo velado por la niebla. El Pisón, con el erguido y provocativo Puro que tenemos enfrente, escasamente se destaca de las brumas que lo envuelven. Si no le da por llover recio…


Echamos mano de la última reserva de clavos que queda en el petate, ya que muchos han sido abandonados, otros rotos y bastantes han caído abajo. La escuálida mazurca se nutre de nuevo y con ella en ristre trepo por la triple hasta el punto que ayer retrocediera. Como la tarde anterior, todas mis tentativas se estrellan ante la imposibilidad de clavar y, como no me seduce la idea de empezar a burilazo limpio, decido buscar nuevos horizontes. 
A fuerza de artesanía y clavos “made in circunstancias” me desplazo a la derecha hasta una entosta donde puedo meter un sólido pitón que asegura la continuación de la travesía, pero al llegar al límite de la travesía y del material sin encontrar una solución, regreso a la entosta donde, cansado de tanto paseo, me aseguro y recupero a mi compañero. 

Si placer me causa comerme la manzana que al llegar junto a mí me alcanza Navarro, más placer me causa todavía oír el clic del mosquetón puesto sobre el primer clavo que ha conseguido meter; a éste se sucede otro… ¡y otro! Ya toca la repisa por la que esperamos salir de este agotador trozo de pared, y por ella se desplaza hacia la izquierda, hasta sitiuarse en una buena cornisa, al otro lado del espolón, en la que, a juzgar por los gritos de júbilo que da, calculo se terminan los problemas gordos (¡ya era hora!).



Al final de la tirada siguiente y mientras mi compañero se acerca a mi altura, no siento otra cosa que llevar el tomavistas descargado. Es impresionante verlo suspendido de estos hilos de araña que nos unen, recortado sobre el pueblo que se ve diminuto entre su cuerpo y la pared, por la que con su habitual y tranquila agilidad está trepando.



Otra tirada de cuerda por unos metros de pared lisa, una corta canal con mala salida y alcanza Navarro un nido de buitres (también se buscan la casa alta estos animalicos). 



Nos reunimos en él, estamos cerca ya de la cima, pero la noche se nos echa encima y decidimos preparar el último vivac, porque a pesar de la cercanía, desconfiamos de cómo estará el tramo que queda y no es cuestión de exponerse a pasarla en un estribo, teniendo a nuestra disposición el “confortable” nido.



El petate está ya fláccido; sólo unas pocas provisiones y el material de vivac… por la noche. Por la mañana, las provisiones las subimos puestas; alivia algo izarlo, pero en cambio la sensación del estómago ya no se pasa apretándose el cinturón. La última tirada es a cargo de Navarro pues, tras los suspenses de ayer temo no encontrarme en las mejores condiciones.

Lo veo partir decidido por un extraplomo, sobre nosotros, del que pasa a una especie de medio cono a la derecha, por el que continua en arriesgado largo a libre hasta el redondeado de la cima de la Punta No Importa.



Desde aquí ya poco puede interesar lo demás: pasar a la Buzón y descender en rappel hasta la glera y por ella hasta el pueblo es corriente. Únicamente querría expresar nuestro agradecimiento a todos los que, aunque sólo pudiese ser con su presencia y su fe, nos animaron a conseguir esta escalada cuya nueva vía denominaremos “Félix Méndez”.
Alberto Rabadá, 1961